Hojas de Inspiración

Elogio de la Fantasía (por Ishwara)

Bill Hulse. billhulse14@gmail.com

“En la vida cotidiana hago menos distinción entre realidad y ficción que la que hago en los libros. Mi vida tiene todos esos ingredientes fantásticos, aunque suene increíble. Yo no sé, pero… lo que creo es que la gente no se observa mucho en ese sentido. A su alrededor suceden cosas extraordinarias, pero no las perciben […] Realmente yo creo que hay otra realidad o que la realidad es más extensa de lo que uno se imagina, pero la educación que le dan a uno tiende a matársela. Yo creo inclusive que los niños tienen facultades adivinatorias, porque están viviendo una realidad más amplia hasta que los meten en la realidad del sistema mental que rige en su sociedad”.

Gabriel García Marquez (1927-2014). Novelista y periodista colombiano, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982. Fragmento de la entrevista “La literatura, el amor y otros demonios” de Ezequiel Martínez. 1994. Publicada en Ñ Revista de Cultura del diario El Clarín de Argentina. 2015.

 

Sonidos, colores, olores, sabores… canciones, rostros, mascotas, hierba… cada encuentro con el mundo abre nuevas puertas en la consciencia de los niños. Durante la infancia las existencias se revelan generosas y la plasticidad de los sentidos permite absorberlo todo. Con la llegada de las primeras palabras se bautizan las sensaciones y aparece la posiblidad de narrar lo existente. En esos primeros años de flexibilidad y primeros nombres, los pequeños experimentan la potencia de la fantasía: sus piernas cortas quieren ser alas, y sus manos buscan hundirse en el barro, recorrer la piel de los árboles y abrazar las nubes, las montañas y los ríos. En este universo existen héroes y hadas; los monstruos y los mundos ocultos viven en los armarios, y se puede ser bombero, princesa, caballero o diosa. La infancia es el tiempo cuando la naturaleza habla directamente al ser humano.

La nutrición y la protección son esenciales para el desarrollo del niño, pero los ingredientes de la fantasía son los afectos, estímulos, historias y magia. Los pequeños que pueden hacer del mundo su juguete, sin violencias y con sus necesidades básicas satisfechas, experimentan la infinitud y viven el desapego. Los castillos de arena, los refugios del bosque o los fuertes de piedra son suyos hasta que las olas, la lluvia y el río muestran a él su impermanencia. La realidad de una niñez vivida en unión con la naturaleza es tan alta como las estrellas y tan ancha como el océano. Esos niños saborean, huelen, muerden y abrazan el mundo sin dominarlo.

Con el paso de los años, esa relación íntima con el mundo y su fantasía cede terreno a la realidad humana. En este instante los niños conocen la Cultura (en su sentido más amplio). Sus ojos reciben los lentes de los adultos. La “red de significados” urdida por siglos de lenguaje, interpretaciones y experiencias presenta sus reglas a ellos: cómo llamar las cosas; cómo tratar con la experiencia y las criaturas; cuál es la relación con el cuerpo, los afectos o la mente; qué está bien o mal; qué creer o a quién obedecer; qué es sagrado, profano, permitido o prohibido; hasta dónde soñar… una multitud de hilos se entrecruza hasta tejer una manta sobre aquello que era el mundo.

El niño crece y el traje de la Cultura se convierten en una única realidad. Y si los últimos recuerdos de la fantasía se cuelan como fenómenos inexplicables o si el impulso interior de la niñez aparece para jugar o cuestionar el establecimiento, el poder normalizador de la Cultura y sus recursos denuncian, disuaden, juzgan, censuran o reprimen. La Cultura guarda el saber de los seres humanos; brinda protección e identidad; evita comenzar cada aprendizaje de cero, y regula los conocimientos y experiencias nuevas que pueden sumarse a la larga espiral de la tradición sin poner en riesgo la estabilidad del sistema.

Esta cualidad estabilizadora de la Cultura, con su historia y programación, nos envuelve y penetra. Nos permite experimentar cierta seguridad y confort. Pero cuando reproducimos esa “red de significados” de forma mecánica y sin indagación renunciamos, consciente o inconscientemente, a nuestro potencial de autodesarrollo, abandonamos la posibilidad de contribuir a esa tradición desde nuestro Ser y desconocemos la otra cualidad de la Cultura: la renovación.

Luego del aprendizaje de la Cultura como tradición y estabilidad, tenemos la posibilidad de experimentar su capacidad de transformación. Para descubrir esta otra cualidad es necesario emplear los instrumentos de la voluntad y la inteligencia, con el propósito de comprender las tensiones entre la Cultura y la existencia de un universo interior. Con el uso de estos dos instrumentos comenzamos a vislumbrar una naturaleza interna independiente de programaciones. Además discernimos pliegues y vacíos en la Cultura que permiten la intervención y transformación. Esta perspectiva de observadores de nosotros y de la realidad nos permite detenernos, cuestionar, comprender y cambiar. Esta realización revela las posibilidades de apertura y creación en la Cultura donde los seres humanos podemos trascender nuestra condición de piezas de un engranaje para convertirnos en creadores.

Este es uno de los momentos más desfiantes, pero gratificantes en nuestras vidas. Es intenso porque descubrimos que casi todo lo que considerábamos como “nosotros” provenía de nuestro entorno, que esos gustos y disgustos, sueños, ideales y hasta creencias más profundas tenían su raíz en la Cultura. No obstante, esa sensación de desnudez y fragilidad también puede ser el camino para el descubrimiento de una consciencia más profunda, donde podamos observar nuestra biografía, entremos en contacto con la consciencia del niño y experimentemos de nuevo la fantasía de los primeros años.

Cuando experimentamos esa desnudez, dos caminos se abren para relacionarse de nuevo con la Cultura: reactividad o creatividad. Dentro del camino reactivo aparecen las opciones de rebeldía y retiro. En estas dos opciones la realidad como la conocíamos se convierte en adversario. En el primer caso, la rebeldía, el objetivo es emplear acciones que muestren las fallas de la Cultura y debiliten su autoridad. En el segundo, el retiro, el propósito es usar la contemplación y la disciplina para alejar las impurezas del mundo y encontrar un refugio en un silencioso mundo interior. Con niveles de profundidad y resultados diferentes, el rebelde y el ermitaño denuncian las trampas de la Cultura. Por instantes sienten la libertad en el combate y la elevación, pero pierden la conexión con el mundo del niño y su bienaventuranza. En su soledad hay una realización incompleta, pues aunque ellos van más allá de la rigidez de la Cultura, no siempre pueden explorar el contacto armonioso con los otros y lo creado: pierden la posibilidad de disfrutar la Diversidad.

Frente a las limitaciones de la reactividad aparece el camino creativo. En esta etapa se requiere del fuego del rebelde, pero sin su rechazo, para mantenerse firme en la búsqueda de la Verdad. También es necesaria la disciplina y el refugio en el ser interior del ermitaño, aunque con la disposición de experimentar el mundo. Pero además es fundamental un desarrollo consciente de la Inteligencia (buddhi, en sánscrito). Es decir, la mente podrá servir como un instrumento para llegar a un estado superior, intuitivo, capaz de reconciliarnos con el mundo y el espíritu del niño. Este proceso tiene varias etapas: convertirnos en observadores de la Cultura, resistir nuestros impulsos de seguirla inconscientemente, contemplar nuestra naturaleza interior sin la ilusión de nuestros trajes exteriores, ir más allá de nuestra consciencia limitada y explorar la múltiples posibilidades de nuestro Ser en el mundo. No basta con el rechazo, la crítica inerte o el enclaustramiento, la vía creativa implica contemplación, diálogo, apertura y ampliación. Con esta inteligencia intuitiva es posible percibir otra vez la fantasía y entrar en relación con la Cultura como creadores.

Desde esta perspectiva, la forma de conocer que aprendimos en la Cultura (captar, separar, analizar y juzgar) dará paso a una experiencia del mundo, donde lo existente penetra, unifica, aprehende y vivifica. Si es posible decirlo, pasamos de conocer el mundo a vivir en el espíritu, desde un Ser superior y auténtico, en relación con un mundo disfrutable y abierto al cambio. Desde esta posición es posible experimentar la creación y el Deleite por la vida. Así mismo, abrimos las puertas para imaginar maneras diversas de Estar en el mundo y aportar nuevas significaciones que entren en la red de la cultura, sirvan para crear vida y amplíen la consciencia de la familia humana.

La fantasía entonces se constituye en fundamento y meta en la búsqueda de esa cualidad de apertura y transformación de la cultura. El análisis de nuestra historia y la realidad donde vivimos, la contemplación, la devoción, el servicio y aquellas disciplinas que nos revelen nuestro Ser más profundo deberían despertarnos las cualidades del niño que se integra y disfruta el mundo. Espiritualidad no debería significar restricción o rechazo, debería ser sinónimo de belleza, libertad y creación. Quien se ha despojado de las programaciones impuestas por la Cultura y ha encontrado su naturaleza auténtica es capaz de crear pensamientos y acciones propias, bellas y dadoras de vida. La naturaleza del niño maduro es imaginativa; encuentra la fantasía en el mundo; explora experiencias para que su espíritu florezca, y aprende a Amar mediante la realización de la Unidad con todas las existencias.

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