El Camino (por Sri Aurobindo)

El Yoga supramental es a la vez un ascenso hacia Dios y un descenso de la Divinidad en la naturaleza manifestada.

El ascenso solamente puede ser logrado con una aspiración ascendente centrada, todo-concentrada, del alma y la mente y la vida y el cuerpo; el descenso solo puede venir por un llamado del ser entero hacia el infinito y lo Divino eterno. Si este llamado y esta aspiración están presentes, o si de alguna manera pueden nacer y crecer constantemente y apoderarse de toda la naturaleza, entonces y solo entonces, un ascenso y transformación supramental llegan a ser posibles.

El llamado y la aspiración son solo las primeras condiciones; debería estar junto a ellas y traída por ellas con una efectiva intensidad una apertura de todo el ser hacia la Divinidad y una entrega total.

Esta apertura es un lanzamiento ancho de toda la naturaleza en todos sus niveles y en todas sus partes para recibir en sí mismo sin límites la gran Consciencia divina que está allí arriba y detrás y alrededor de esta existencia mortal que es mitad-consciente. En la receptividad no debería existir inhabilidad de contener, ni un rompimiento de cualquier parte en el sistema, mente o vida o nervio o cuerpo bajo el estrés de la transmutación. Debería ser una receptividad sin fin, una capacidad siempre en incremento para soportar la cada más fuerte y más y más insistente acción de la Fuerza divina. De otra manera, nada grande o permanente puede ser hecho; el Yoga terminará en un colapso o en una inerte suspensión o en una desastrosa inmovilidad en un proceso que debe ser absoluto e integral si no será un fracaso.

Pero ningún sistema humano cuenta con esta receptividad sin fin y esa capacidad inagotable, el Yoga supramental puede tener éxito solo si la Fuerza Divina en su descenso incrementa el poder personal y equipara la fuerza que recibe con la Fuerza que entra desde arriba para trabajar en la naturaleza. Esto solo es posible si hay de nuestra parte una entrega progresiva del ser en las manos de la Divinidad; debe ser un completo ascenso que nunca falla, una voluntad valiente para permitir el poder divino para hacer con nosotros cualquier cosa necesaria para el trabajo que tiene que ser hecho.

El hombre no puede por su propio esfuerzo hacer de él mismo más que un hombre; el ser mental no puede transformarse por su propia fuerza en un espíritu supramental. Solo un descenso de la Naturaleza Divina puede divinizar el receptáculo humano.

Los poderes de la mente, vida y cuerpo están encadenados a sus propias limitaciones y, sin importar qué tan alto puedan llegar o qué tan ancho puedan expandirse, no podrán elevarse más allá de sus limites naturales últimos o ampliarse mas allá de ellos. Pero, aun así, el hombre mental puede abrirse a eso que está más allá de él y llamar un descenso de la Luz, Verdad y Poder supramentales para trabajar en él y hacer lo que la mente no puede realizar. Si la mente no puede por su propio esfuerzo llegar mas allá de ella, la supermente puede descender y transformar la sustancia de la mente.

Si la aceptación discernidora y la entrega vigilante del hombre permiten al Poder supramental actuar según su propia percepción profunda y sutil y su potencia flexible, esta va a traer lenta o rápidamente una transformación divina de nuestra presente y semiperfecta naturaleza.

En este descenso, en este trabajo existe la posibilidad de una caída calamitosa y peligrosa. Si la mente humana o el deseo vital atrapa esta fuerza descendiente e intenta usarla según sus erróneas y limitadas ideas o sus defectuosos y egoístas impulsos, y esto es inevitable en un grado hasta que este mortal ha aprehendido algo del camino de esa gran naturaleza inmortal. No serán imposibles los tropiezos y desviaciones, los obstáculos, heridas y sufrimientos duros y en apariencia insuperables y que no pueden ser evadidos e incluso la muerte o una caída total. Solamente cuando la entrega consciente e integral a la Divinidad ha sido aprendida por la mente y la vida y el cuerpo, la vía del Yoga puede llegar a ser fácil, directa, rápida y segura.

Y debería existir una entrega y una apertura hacia la Divinidad solamente y a ningún otro. Por esto es posible que nuestra mente oscura o una fuerza de vida impura en nosotros se entreguen a fuerzas no-divinas y hostiles, e incluso podamos confundirlas con la Divinidad. No puede existir un error más calamitoso. Entonces nuestra entrega no debería ser ciega y con una pasividad inerte a todas las influencias o cualquier influencia, debería ser sincera, consciente, vigilante, direccionada solo hacia el Uno y el más Alto.

Autoentrega hacia la Divinidad y la Madre infinita, sin importar las dificultades, sigue siendo nuestro único medio y nuestro único refugio permanente. Autoentrega a ella significa que nuestra naturaleza debe ser un instrumento en sus manos, el alma de un niño en los brazos de la Madre.

 

Sri Aurobindo (1872-1950). Filósofo, poeta y maestro espiritual nacido en India. Texto extraído de Essays Divine and Human. Sri Aurobindo Ashram Trust: Pondicherry (India). 1997. Traducción de Leaves of Inspiration.

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