Hojas de Inspiración

Las pequeñas virtudes (por Natalia Ginzburg)

Ishwara for Leaves of Inspiration

[…] Lo que debemos realmente apreciar en la educación es que a nuestros hijos no les falte nunca el amor a la vida. Puede adoptar diversas formas, y a veces, al niño desganado, solitario y huraño no le falta el amor a la vida, ni está oprimido por el miedo a vivir, sino que se encuentra, simplemente, en situación de espera, entregado a prepararse a sí mismo para la propia vocación. ¿Y qué es la vocación de un ser humano, sino la más alta expresión de su amor a la vida? Nosotros debemos esperar, a su lado, a que su vocación despierte y tome cuerpo. Su actitud puede parecerse a la del topo o la lagartija, que permanecen inmóviles, fingiéndose muertos, cuando en realidad olfatean y espían las huellas del insecto sobre el que se lanzarán de un salto. A su lado, pero en silencio y un poco apartados, debemos esperar el despertar de su espíritu. No debemos pretender nada; no debemos pedir o esperar que sea un genio, un artista, un héroe o un santo; y sin embargo, debemos estar dispuestos a todo. Nuestra espera y nuestra paciencia deben contener la posibilidad del más alto y el más modesto destino.

Una vocación, una pasión ardiente y exclusiva por algo que no tenga nada que ver con el dinero, la conciencia de poder hacer algo mejor que los demás, y amar ese algo por encima de todo, es la única posibilidad para un niño rico, de no estar en absoluto condicionado por el dinero, de ser libre ante el dinero, de no sentir, entre los demás, ni el orgullo de la riqueza ni su vergüenza. El niño no se fijará siquiera en la ropa que lleva, en las costumbres que lo rodean, y el día de mañana será capaz de cualquier privación, porque en él la única hambre y la única sed serán su pasión misma, que habrá devorado todo lo que es fútil y provisional, que lo habrá despojado de toda costumbre o actitud adquirida en la infancia, y reinará sola sobre su espíritu. La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación.

¿Qué posibilidades tenemos nosotros de despertar y estimular en nuestros hijos el nacimiento y el desarrollo de una vocación? No tenemos muchas; sin embargo, quizá tengamos alguna. El nacimiento y el desarrollo de una vocación requieren espacio, espacio y silencio, el libre silencio del espacio. La relación que existe entre nosotros y nuestros hijos debe ser un intercambio vivo de pensamientos y sentimientos, y, sin embargo, debe comprender también profundas zonas de silencio; debe ser una relación íntima y, sin embargo, no mezclarse violentamente con su intimidad; debe ser un justo equilibrio entre silencio y palabras. Nosotros debemos ser importantes para nuestros hijos, pero no demasiado. Debemos gustarles un poco, pero no demasiado, para que no se les ocurra llegar a ser idénticos a nosotros, copiar el trabajo que hacemos, buscar nuestra imagen en los compañeros que eligen para toda la vida. Debemos tener con ellos una relación de amistad, pero no debemos ser demasiado amigos de ellos, para que no les resulte difícil tener verdaderos amigos, para que no les resulte difícil tener verdaderos amigos, a quienes puedan contar cosas de las que con nosotros no hablan. Es preciso que su búsqueda de la amistad, su vida amorosa, su vida religiosa, su búsqueda de una vocación estén rodeadas de silencio y de sombra, que se desarrollen al margen de nosotros. Se me dirá que, entonces, nuestra intimidad con nuestros hijos se reduce a poca cosa. Pero en nuestras relaciones con ellos, todo esto debe estar contenido a grandes rasgos, tanto la vida religiosa, como la vida de la inteligencia, la vida afectiva, el juicio sobre los seres humanos. Debemos ser para ellos un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cual darán el salto. Y debemos estar allí para ayudarlos, si es que necesitan ayuda; nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre disponibles, presentes en el cuarto de al lado, dispuestos a responder como sepamos a toda posible pregunta, a toda petición.

Y si nosotros mismos tenemos una vocación, si no la hemos traicionado, si a través de los años hemos seguido amándola, sirviéndola con pasión, en el amor que profesamos a nuestros hijos podemos mantener alejado de nuestro corazón el sentido de la propiedad. Si, por el contrario, carecemos de una vocación, o si la hemos abandonado y traicionado, por cinismo o por miedo a vivir, o por un mal entendido amor paterno, o por cualquier pequeña virtud que se ha instalado en nosotros, entonces nos agarramos a nuestros hijos como el náufrago al tronco de un árbol, pretendemos enérgicamente de ellos que nos devuelvan cuanto les hemos dado, que sean absolutamente y sin salida posible tal como los queremos, que obtengan de la vida todo aquello que a nosotros nos ha faltado. Terminamos por pedirles todo aquello que sólo puede darnos nuestra propia vocación, queremos que sean en todo obra nuestra, como si, por haberlos procreado una vez, pudiéramos seguir procreándolos a lo largo de toda la vida. Queremos que sean en todo obra nuestra, como si se tratase, no de seres humanos, sino de obras del espíritu. Pero si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella ni la hemos traicionado, entonces podemos dejarlos germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y el espacio que requiere el brote de una vocación, el brote de un ser. Esta es, quizá, la única posibilidad que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación, tener nosotros mismos una vocación, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida genera amor a la vida.

 

Natalia Ginzburg (1916-1991). Novelista, ensayista, dramaturga y política italiana. Su obra exploró las relaciones familiares, la vida durante y después del fascismo europeo y la filosofía.

Fragmento del ensayo “Las pequeña virtudes”. Tomado del compilado de textos: Ginzburg, N. Las pequeñas virtudes. Barcelona: Editorial El Acantilado. 2002.

 

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